lunes, 3 de diciembre de 2007

"El aserradero"

"En tablas"

Como cada domingo y desde que se había jubilado, Juan, se acercaba hasta su viejo aserradero. Le gustaba pasear en silencio y evocar el cálido olor a madera y serrín que tantas veces había sido su fiel compañero, gran parte de su vida se había tallado entre las paredes de aquel lugar. La nostalgia pasaba con ternura el brazo por sus hombros y él se dejaba acariciar sin oponer resistencia.

Se asomó a una de las ventanas que daban a la parte de atrás, allí, una oscura montaña de ancianos tablones de madera, maltratados por el viento y la lluvia, se apoyaban los unos en los otros, cual bastón, en busca del apoyo necesario para mantenerse en pie y no derrumbarse. De un vistazo pudo comprobar que todo estaba en su sitio.
Dio media vuelta y se dirigió hacia la salida, la visita había finalizado. Ya en la calle giró a la izquierda, subió dos pequeños escalones y, bajo los frondosos árboles del parque, emprendió el regreso a su casa.

A medio camino decidió sentarse en uno de los bancos dispuestos en círculo, como un anillo, en torno a una coqueta fuente de piedra sobre la que descansaban cuatro mitológicos seres que vomitaban agua por sus bocas. Se quitó el sombrero y sobre la frente perlada de sudor deslizó un pulcro blanco pañuelo de exquisito hilo, bordado con sus iniciales, que extrajo de uno de los bolsillos interiores de su chaqueta. ¿Hacía calor? o ¿era él que estaba acalorado? la verdad, le importaba bien poco la respuesta; hoy, ahora, se la traía al pairo el calor, su hipertensión, su pulso… no sabía si estaba preparado para morir, pero sí que lo estaba para vivir sin miedos.

Ay, Adela, pensó para sus adentros, qué bien te vendrán estos rayos de sol. ¡Es tan húmeda tu morada, querida! Cerró los ojos y allí estaba ella, joven, sensual, provocadora, deseable y... demasiado ambiciosa.
Tenía apenas treinta y cinco años cuando se casaron, él ya había cruzado el umbral de los sesenta; ríos de tinta, no, océanos de oscura y escandalosa tinta inundaron el pueblo cuando se destapó su relación y más tarde se celebró su boda. Le tacharon de loco, ingenuo, senil, iluso… Juan no les prestaba ni la más mínima atención. Los motivos de aquella decisión se los guardaba muy mucho para él, no tenía ninguna necesidad ni ganas de dar explicaciones. Y mira que habían intentado sonsacarle, él ni “mu”.

Que Adela era lo que todos proclamaban, no lo ponía en duda: una “calientapollas" y una "cazafortunas", también. Juan no se casaba para obtener de ella el sexo por el que muchos suspiraban, claro que no. Él ya había tenido mucho sexo y muy bueno; y si algún día le apetecía echar un polvo, no era Adela el tipo de mujer objeto de su deseo ni motivo de sus calenturas.

Aquella mujer se había burlado de muchos y causado mucho daño a otros tantos que habían caído en sus redes. En especial recordaba a Eladio, el hijo de su mejor amigo, enamorado hasta la médula de aquella malvada mujer a la que colmó de regalos y atenciones. Toda vez que obtuvo de él lo que quiso, regalos y dinero, lo dejó para irse con otro; igual de rico, igual de necio. Así era Adela, descarada hasta el insulto. Sus tropelías amorosas tocaron fondo cuando Eladio, roto de dolor y humillado, se quitó la vida arrojándose al mar desde el acantilado “O burato da Alondra”.
La única condición que exigió Juan para casarse con ella fue la fidelidad absoluta. No follaría con él, tampoco lo haría con otros hombres mientras estuviesen casados y él vivo. A cambio le entregaría una elevadísima renta anual de la cual podría disponer a su antojo. Ella, cegada por el dinero, no lo dudó y le dio su palabra de que así sería. Casarse con aquel hombre suponía hacerlo con la mayor fortuna del pueblo y de muchos pueblos de los alrededores, y a eso sí que no estaba dispuesta a renunciar. Qué importaba no tener sexo, si a cambio podría tener todo lo que quisiese: ropa, joyas, caprichos, buenas comidas, viajes, criados, casas…

Juan, paciente, sonrió.
La novedad le duró a Adela lo que tardó en llenar sus armarios y joyeros. Cuando la abundancia y derroche se convirtieron en rutina, el aburrimiento asomó para instalarse en su vida. Gastar dinero ya no le producía placer. Necesitaba ocupar aquel vacío de alguna manera o se moriría de asco, al lado de un vetusto y tedioso marido. Su cabeza comenzó a burbujear como una marmita hirviendo. Quería gozar sin perder lo que tenía; engañar sin ser descubierta; ser la de antes con los lujos de ahora.
Querer y romper su promesa fue todo uno.

Juan, paciente, fingió no enterarse de nada, aun a sabiendas de que era el objeto de burlas y chanzas de todos sus vecinos; él a lo suyo, de momento, a seguir no sabiendo... Ella, confiada, continuó con sus devaneos, ahora únicamente buscaba en los hombres su atractivo, el dinero importaba, pero menos.
Para solaz de sus vecinos, un buen día Adela desapareció del pueblo y nadie supo decir cuándo, porque nadie la echó de menos. Todos coincidían y aseguraban que se habría fugado con algún necio adinerado.
¡Qué favor le ha hecho a su pobre marido!, se congratulaba la colectividad al unísono cuando Juan regresó al pueblo de su larga estancia en un balneario al que tuvo que acudir por motivos de salud.

¡Pobre Adela!, pensó para sus adentros Juan al recordar la sorpresa ya eternamente dibujada sobre su rostro. Ella, que imaginaba a su marido a muchos kilómetros de casa, danzaba de felicidad sobre su ausencia. ¡Ojalá no regreses nunca!, deseó fervientemente.
Mas él regresó, y lo hizo para regalarle un viaje, el último que haría y sin acompañante.
Un certero y mortal golpe en su nuca, un poco de frío para congelar su belleza y unos recortes corporales con la, aún, afilada sierra de su aserradero fue la indemnización que Juan se cobró por incumplimiento de palabra.

En volver locos a los hombres tenías muchas tablas, Adela; tantas como las que ahora se apiñan tras el aserradero y velan tu eterno y troceado descanso, pensó Juan al tiempo que abría los ojos, se levantaba del banco y echaba a andar camino de su casa.



jueves, 22 de noviembre de 2007

"Leona"

El único parto de su madre y, a la vez, su nacimiento, fue casi mortal para ambas. El médico diagnosticó apenas unas horas de vida a la recién nacida, poco ya se podía hacer, únicamente esperar el fatal desenlace o… un milagro.

Rezaba como una posesa la madre, maldecía para sus adentros el padre.
Bajo la batuta de la incertidumbre las horas pasaban lentas y espesas, sin atisbo alguno de cambio.

La esperanza se iba esfumando con cada vuelta al ruedo del tiempo que daban las agujas del reloj. Entonces, sucedió lo inesperado, aquel frágil y moribundo ser emitió un potente llanto, rabioso y reivindicativo. Aún no había entrado en el reinado de la vida y ya había vencido a la muerte. Y así sería a lo largo de sus días, incansable luchadora, tozuda y obstinada.

Leona, fue el nombre que le pusieron. No podía ser de otra forma después de su titánica lucha por irrumpir en este mundo. Creció como nació, peleona, resistente, fuerte, y acérrima defensora de su familia y valores. Como una auténtica leona, así era Leona. Y se lo decían, y le tomaban el pelo, y ella, a veces se reía, otras tantas emitía un feroz rugido.

Su madre, quejumbrosa por naturaleza, se lamentaba del arisco e indómito carácter de su hija. Como no cambies, no encontrarás hombre que quiera acercarse a ti, los espantarás a todos, pronunciaba esta admonición, un día sí, otro también.

Y llegó el día en que Leona se enamoró, una insólita transformación a partir de entonces se produjo en ella. Su carácter se dulcificó hasta rozar la sumisión. Aquel hombre la había seducido de tal forma que parecía otra persona. La leona se había convertido en una mimosa gatita. Su madre, exultante de felicidad, no cabía en sí de gozo; su padre, preocupado, fruncía el ceño y entornaba los ojos.

El amor les obsequió con una hija, y, a su vez, el tiempo cubrió sus días con el fino y peligroso velo de la rutina. La verdadera naturaleza del marido de Leona fue asomando, tímidamente, día a día. Las pequeñas reprimendas dieron paso a los ácidos reproches, precursores de las feroces discusiones que no tardaron en desembocar en agresiones físicas, y éstas en palizas.

Leona luchaba, luchaba enconadamente por mantener unida su familia, adoraba a su hija y amaba a su marido, aun a pesar de todo el daño que le infligía, desgraciadamente cada vez con más asiduidad. Confiaba en que podrían superar aquella situación, sí, lo conseguirían. Todo lo malo que ahora estaban pasando desaparecería un buen día y la luz volvería a brillar en sus vidas, de nuevo, como al principio.

No fue así.
El fuerte portazo que acaba de oír no presagiaba nada bueno. Se levantó del sofá con su niña en brazos y se dirigió al dormitorio, todavía era lugar seguro. No pudo llegar. Una amenazadora y enrojecida mirada cómplice del pestilente alcohol que destilaba su aliento se atravesó en su camino. No se enfrentó a él. No quería provocar su ira, ahora no; únicamente pensaba en su pequeña y en cómo alejarla del peligro que las envolvía.
Se apartó como pudo y logró su objetivo, dejar a su hija en la cuna. Salió de la habitación y, sin que él se diera cuenta, cerró con llave.

Un fuerte golpe en la espalda la catapultó hacia el suelo, donde cayó de bruces, una vez allí sintió el impacto de una brutal patada en la boca. Una descarga de lacerante dolor se instaló en sus lumbares, abundante sangre manaba por las comisuras de sus labios como manantial por la ladera de una montaña. Aun así, con una agilidad asombrosa se giró sobre sí misma al tiempo que con la mirada buscaba a su agresor. Ya no estaba, había desaparecido. Como una exhalación se puso en pie, un débil suspiro de alivio escapó de su pecho al comprobar de un vistazo que la puerta de la habitación seguía cerrada, su niña estaba a salvo. La manga del sweter le sirvió de improvisada toalla para enjugar el espeso y cálido fluido que inundaba su boca.

Sus pasos la condujeron a la cocina, allí encontró lo que buscaba. Como un felino se mantuvo al acecho durante un buen rato, a la captura de cualquier delator sonido que le proporcionase la información que necesitaba para ubicar a su presa.
Con lentos y calculados movimientos consiguió llegar hasta el salón. ¿Dónde estará?, se preguntaba, sin perder de vista en ningún momento la guarida donde ocultaba su cachorro.
No lo vio, pero sí lo presintió su agudo y fino instinto animal, el mismo que la hizo volverse y tumbarlo con un mortal y certero zarpazo sobre el cuello.
Dio media vuelta y fue en busca de su hija. La caza había finalizado, el predador había sido abatido.

Era el segundo zarpazo que daba a la vida, el primero para vivir, el segundo para sobrevivir.
Leona había vuelto; regresaba, de nuevo, la leona.


martes, 20 de noviembre de 2007

"La soledad"

"La soledad"

En un lugar solitario tejo mi tiempo con las agujas del reloj de la soledad.

Las petulantes flores de la lejanía acarician las palmas de unas agrietadas manos que lloran frágiles recuerdos. Jirones de uñas se aferran con descarnada desesperación al nacarado racimo de la vida.

Duele la soledad, asfixia la lejanía, destruye el olvido; apocalípticos jinetes que cabalgan sin remordimientos por los recónditos e infinitos parajes del alma, dejando a su paso los recuerdos llenos de cadáveres.

Allí, una lengua de polvo lame con premura y voluptuosidad las débiles ruinas de un reino desolado, bajo las que, aún, late vida. Una vida que, tejiendo el día sobre la noche, lucha y empuja con inusitada fuerza para no diluirse en tan mortal caricia. Como un rumor convoca a la lluvia, que convierte en lodo al polvo, lo envuelve con un manto que arrastra y hunde en lo más profundo de la oscura ciénaga de la desmemoria.

Se sabe vencedora, y, entonces, asoma el rostro, sonríe, tiende su mano e invita a caminar con ella, de nuevo, una vez más, ¿por qué no…?
Caminemos, pues, tantas vidas como tengan que ser caminadas, vivamos tantas vidas como tengan que ser vividas.
No se puede perder lo que no se tiene; custodia y cuida lo que tienes: tú.

Déjate querer, V., déjate querer; que el amor no se pudra dentro de la boca.




jueves, 15 de noviembre de 2007

"Tres"

Viernes noche.
Hacía ya un par de horas que los últimos clientes habían abandonado el restaurante. No recordaba cuándo, pero tenía la certeza de que sus pies habían sido devorados por dos lenguas de fuego sobre las que caminaba como si de brasas se tratase. Entró en la cocina, cogió un cubo, lo llenó con agua caliente, añadió un buen puñado de sal y allí, dentro del fluido y salobre elemento, las lenguas, sometidas a un taumatúrgico efecto, acallaron sus voces. Echó hacia atrás la cabeza, la apoyó contra la pared y cerró los ojos intentado relajarse. Una placentera sensación ascendía tímida por sus tobillos, alcanzaba las rodillas, se enredaba en ellas y, tras un nuevo empujón, se proyectaba hasta la nuca, donde hacía nido. Desde allí se dejaba caer, silenciosa, hasta la plataforma de los hombros y, como si de un tobogán se tratase, se deslizaba por los brazos hasta la punta de los dedos.

Se abandonó al descanso durante un buen rato. Desde la cocina llegaba un lejano rumor de conversación entre ollas, platos y demás utensilios de batalla. Manuel danzaba por allí, todavía le quedaban fuerzas para mantenerse en pie; era un maniático del orden y la limpieza, la poderosa bestia del cansancio no lograba abatirle jamás. Su cocina era lugar sagrado y… ¡ay! de quien osase entrometerse en su reinado. Se comportaba como un padre, protector y celoso con sus creaciones. De su taller salían sabores y olores únicos, potentes, sublimes, sensuales, desafiantes, atrevidos, golosos… todas sus obras eran fiel reflejo de su persona. Así era Manuel, exuberante, arrollador e imprevisible.

Desde el primer día que se conocieron una intensa atracción la empujaba hacia él y, con el tiempo, la adicción que Manuel había ido tejiendo dentro de ella la había atrapado como una araña a su presa. No le preocupaba, no; aceptaba de buen grado la situación. Seguramente no era la ideal ni la que hubiese escogido de haber podido elegir, pero, actualmente, su vida era mucho menos infeliz que antes de conocer a Manuel. Y eso ya era bastante más de lo que había tenido en años.

Separó la cabeza de la pared, abrió los ojos, secó los pies con una toalla y se puso las sandalias.

-¿Nos vamos? –preguntó él.
-Sí.
-Pero… -dudó unos segundos antes de proseguir -olvidé decirte que Mario ha cancelado su viaje y se quedará unos días más –respondió Manuel evitando encontrarse con su mirada.

Contrariada, torció el gesto y sin decir nada, abrió la puerta que daba a la calle y salió. Unos días más, pensó, ¿cuánto es eso?, ¿dos, tres, siete, quince…?
Apenas cruzaron palabra durante el trayecto de regreso a casa, se guardaron muy bien de expresar en voz alta lo que estaban pensando por temor a herir al otro. Él, la quería; ella, estaba enamorada de él.
Un sonriente Mario les abrió la puerta y depositó un cálido beso en su cuello. Ella le devolvió la sonrisa, conocía muy bien el significado de aquel gesto, era mucho más que un recibimiento, sí. La estaba invitando a participar, una vez más.

Sus pasos la condujeron hacia el dormitorio. Así se iniciaba el ritual. Lo que había comenzado como un juego formaba ya parte de su vida, de sus vidas, muy a su pesar, al de ella.
Desde donde estaba podía ver perfectamente la escena, su papel, de momento, era de espectadora. Ya no la consumían los celos como al principio de su relación, aceptaba que tendría que compartir sexualmente a Manuel con otros hombres. Hoy era Mario, mañana... ¿quién sabe? ¿Qué importaban unos pocos días al lado de los muchos que ella le tenía en exclusiva? La quería, lo sentía, recibía muestras de su cariño a diario. No era amor, lo sabía, pero sentirse querida por él aportaba más a su vida que todo el amor que otros hombres juraban haberle profesado.

Mario y Manuel se besaban con frenesí, las manos de ambos exploraban sin miramientos el cuerpo del otro, al tiempo que sus prendas de ropa caían al suelo cual frutos maduros del árbol.
No pudo evitar excitarse ante aquella visión, una oleada de calor se concentró en su epicentro, ascendió por la espalda y picoteó furiosa en su nuca.
Mario se giró y se posicionó detrás de Manuel, pegó el pecho contra su espalda y la pelvis embistió con fuerza sus nalgas. Manuel se revolvió de placer, echó los brazos hacia atrás, agarró las manos de Mario y las depositó sobre su excitado sexo; allí, obedientes y lujuriosas se pasearon con destreza por toda su geografía, provocando con su sensual danza poderosas descargas de placer que tensaban sus músculos cuales cables de acero.

El tiempo de espectadora había finalizado, abandonaba la butaca, se incorporaba a escena e interpretaba su papel. Su mirada se encontró con la de Manuel, se arrodilló frente a él y dejó que su boca se inundase con su ardiente carne. Un mar de húmedas sensaciones regó sus ingles, su sexo aullaba de placer.

Sus voraces deseos fueron saciados, una vez más; unidos sus cuerpos, masticando placer y destilando pasión.
El éxtasis de Manuel moría dentro de ella, el de Mario en Manuel.
Tres.

The Rolling Stones "She´s a rainbow" (vídeo musical).

miércoles, 17 de octubre de 2007

"Insignificancia y Esclavitud"

"Nasas"

Ciertamente el ser humano es insignificante y esclavo, lo es. Nuestra minúscula presencia en un no menos minúsculo planeta es ridícula comparada con todo lo inconmensurable que hay más allá de nuestras fronteras terrenales y terrestres.
Aun así vamos de “sobrados” por la vida, ¡ja!

Hasta que un buen día nos topamos frente a frente con nuestra vulnerabilidad y nos damos de bruces contra ella, oímos cómo se resquebraja y hasta cómo se hace añicos. Es entonces que nos bañamos en el lago de la humildad y el mar del arrepentimiento. Ungimos los cuerpos con promesas y buenos propósitos, purificamos las almas con la sal de nuestras lágrimas y secamos el pozo de nuestros pecados con lamentos. Bebe el miedo de tan sabroso caldo, crece y se hace fuerte, arrogante asoma dispuesto a someter nuestra voluntad arropado por sus acólitos, los fantasmas. De ahí a la esclavitud, un paso.

Nacemos puros y morimos habiendo sido esclavos de los más tiranos amos y señores: del tiempo, de las normas, de los prejuicios, de la ambición, de la moral, de la religión, del miedo, de la cobardía, del poder, de la imagen, de la comodidad, del bienestar, del dinero, de su ausencia, de su abundancia, y es que… son tantas las argollas que nos atenazan, que ya son legión.
Y todas son autoría nuestra, ahí es nada, ea.

"El sueño de la razón engendra monstruos", pronunció acertadamente Goya cuando pintó los “Caprichos”. Volvamos pues, de vez en cuando, la mirada hacia el mundo animal; tal vez no razonen ni sueñen, pero sabios lo son un rato.

Ron Sexsmith "Secret heart" (vídeo musical).

lunes, 15 de octubre de 2007

"La rabia"

Las sesiones con el psiquiatra no estaban siendo de gran ayuda, lejos de experimentar alguna mejoría su indignación aumentaba cada vez que acudía a su cita semanal.
¡No, no y no!, por más que aquel hombre intentaba abrir en su vida nuevas ventanas a las que asomarse para contemplar nuevos paisajes a explorar, conocer y disfrutar, ella se resistía a asomarse; estaba furiosa y no deseaba dejar de estarlo, aún no.
Si lo sucedido tenía lectura positiva, como pretendía convencerla el médico, no quería conocer sus bondades.

Dicen que el tiempo atempera el dolor, seguro que sí, pero… ¿cuánto se necesita?; en su caso seguro que no había transcurrido el suficiente pues no se cumplía el dicho.
Lo sucedido en los últimos meses, como buen protagonista, seguía ocupando el escenario de sus días. No permitía que ni un detalle se alejase de la escena, los llamaba a diario, una y otra vez, y desde la privilegiada butaca de la rabia pataleaba y lloraba hasta que caía el telón.

Quiso el azar que aquella mañana fuese el principio del fin. Era viernes, la jornada se presentaba relajada y la mañana incitaba a pasear. Sí, decidido, dejaría el coche en el garaje e iría caminando hasta la oficina. A mitad del trayecto se encontró con una calle cortada por obras, así que hubo de retroceder y dar un rodeo. Giró a la derecha y enfiló una estrecha callejuela. Caminaba distraída, con la mirada fija en las fachadas de los edificios, algunas eran realmente hermosas. Esquivó un bache en la acera y su mirada reparó en la figura de un hombre que acaba de salir del portal de uno de aquellos inmuebles. Se parecía mucho, desde luego, pero no podía ser, no, claro que no. Y, de ser él, ¿qué hacía en ese lugar? y a esa hora… negó con la cabeza y apuró un poco el paso para recortar distancia, quería cerciorarse de su error. No pudo ser. Acertó en su percepción, era él, su marido.

Ahora que ya había despejado una duda, quedaba por averiguar cuál era el motivo de su presencia allí. Esa mañana había salido de casa antes de lo habitual con la excusa de preparar una importante reunión para el siguiente lunes. Algo comenzaba a chirriar, y no era precisamente agradable. Si aquella situación no era algo puntual, se volvería a repetir. Como así fue.

Para evitar ser vista se ocultó tras el portal del edificio que estaba enfrente y esperó. Casi había transcurrido una hora, en ese tiempo había salido y entrado gente de lo más dispar. Él seguía dentro, pero desconocía en qué piso. Una vez más se abrió el portal, un hombre y una mujer de mediana edad, seguidos de un atractivo joven de unos “veintipocos años” fueron los últimos personajes que vomitaron las entrañas de aquel agujero. Si continuaba allí por más tiempo se arriesgaba a que algún desconfiado vecino le hiciera preguntas incómodas, y no quería que eso sucediese.
Decepcionada abandonó el lugar. Ahora sí estaba convencida de que nada bueno para ella se cocía tras aquellas paredes. Intuía que su marido le estaba siendo infiel, mas era cuestión de tiempo y paciencia confirmarlo. Y ella poseía un buen patrimonio de ambas cosas.

Esta vez la excusa fue una cena de trabajo, y en viernes ¡cómo no! Se adelantó y, una vez más, oculta tras los cristales esperó pacientemente. La noche, cómplice de amores y desamores, le favorecía, pues el trasiego de gente, a esas horas, era menor que durante el día. Apenas habían transcurrido veinte minutos cuando vio que se acercaba un joven, era el mismo que días antes había visto salir tras aquella pareja de mediana edad.
Abrió el portal y entró, acto seguido una luz se encendió. Dejó de vigilar sus movimientos pues justo en ese momento identificó a su marido. Apenas se detuvo, llevaba las llaves en la mano y entró con rapidez.

Expectante y nerviosa entornó los ojos, fijó la mirada en aquella figura. La distancia entre ambos edificios no era muy grande, así que pudo observar con todo lujo de detalles, cual espectadora privilegiada, lo que a continuación sucedió.
Ambos hombres, su marido y el muchacho, se fundieron en un abrazo, y no era precisamente amistoso. Todo lo contrario, aquel abrazo era sexual, carnal, de amor… de todo menos aséptico; y el beso que unió sus bocas un bofetón que la empujó hacia atrás sobre sí misma.

¿Estaba sucediendo de verdad? ¿era real lo que estaba presenciado?, no había espacio para malas interpretaciones, ni cabida para el dobladillo de la equivocación, lo que estaba viendo era lo que era, sin más. Su marido tenía una aventura con otro hombre.
Entonces… ¿dónde quedaba ella? ¿qué hacer con seis años de vida en común? Seis años viviendo una farsa, una mentira.
No sabía muy bien si la rabia que sentía era contra sí misma por no haberlo descubierto antes y haber pecado de ingenua, o por el hecho de que su contrincante era un hombre y no una mujer, y lo que le dolía era el orgullo.

El aguijón se había clavado hondo, sin compasión, y ella respondía atacando furibunda como un jabalí herido.


domingo, 7 de octubre de 2007

"La cruz"

Antes de sentarse a comer descorrió las cortinas, aquel sábado había amanecido especialmente luminoso y cálido; el otoño, como un canto de cisne, estaba entregando lo mejor de su repertorio antes de la despedida. Abrió la ventana y asomándose por ella capturó una burbuja de aire, cerró los ojos y trató de adivinar su fragancia: olía a bosque, a una pizca de sal, a un puñado de tierra húmeda y a, a… ¿quemado!, ¡claro, como que se estaba quemando su comida!

Aprovechó lo comestible y ya con el café sobre la mesa se dispuso a revisar unas fotografías que había sacado en el antiguo cementerio, que por cierto podía ver desde donde estaba sentada, contrastaban sus viejos y sucios muros con la cuidada iglesia parroquial.
Le gustaba el resultado, un tanto macabro y hasta sórdido, pero estaba satisfecha. Se detuvo en una de ellas, un detalle había despertado su atención, fue en busca de su lupa y la miró con detenimiento. Parecía... sí, tenía toda la pinta de ser una cruz, aunque estaba casi oculta por algunas piedras y matojos que habían crecido entre ellas. Para salir de dudas nada mejor que comprobarlo in situ.

Y dicho y hecho, apenas fueron necesarios cinco minutos para llegar hasta el lugar. Desde donde estaba ahora podía ver perfectamente la parte de atrás de su casa y la ventana tras la cual había estado sentada hasta hace poco.
Entró en el camposanto y trató de ubicar el lugar de la foto. Tardó poco en encontrarla pues recordaba perfectamente hacia dónde había enfocado su cámara.

En aquella tumba había estado enterrada doña Lola, la meiga del pueblo, muy respetada y más temida por todos los que la conocían, pues muchos habían pasado por su casa para invocar su ayuda, bien para expulsar el mal de los cuerpos, limpiar casas de malos espíritus o curar "el mal de ojo”. Rezaba la leyenda que siendo ya una anciana cayó gravemente enferma, tanto miedo inspiraba al vecindario que nadie quería cuidarla, les aterrorizaba llegar a escuchar alguna fatídica predicción de su boca. Tan solo una persona se atrevió a tal hazaña, y, de ser verdad el cuento, habría sido un antepasado suyo, por parte de familia paterna. Julia, se llamaba, y ella la había atendido hasta el fin de sus días.
Y esta es la historia a grandes rasgos. La que actualmente circula por el pueblo cuando su nombre es mentado.

Se agachó sobre el lugar que aparecía en la foto, y, efectivamente, allí estaba, semioculta, la cruz. No era pequeña, pues apenas cabía en la palma de su mano y algo pesada. Estaba invadida por la tierra, hierbas y musgo, a saber cuántos años habría estado así, a la intemperie. Se quitó una de las dos camisetas que llevaba puestas y la utilizó de improvisado trapo para retirar lo que tenía adherido y, luego, de envoltorio. La introdujo en su bolso y abandonó el lugar; antes de partir arrancó una flor silvestre y la depositó donde había encontrado la cruz. Si alguien le hubiese preguntado por qué lo había hecho no sabría qué responder, porque ni ella misma lo sabía. Había actuado por puro instinto.

Al llegar a su casa la limpió cuidadosamente, ahora sí lucía en todo su esplendor, era realmente hermosa y, hasta, sobrecogedora. Casi, casi, inspiraba algo de temor. El lunes se la llevaría a su amigo Manuel, estudioso y experto en este tipo de materias. Sabía que le encantaba todo lo relacionado con lo paranormal y esotérico. Disfrutaría de lo lindo, seguro.

Y llegó el lunes, el final de su jornada laboral se había extendido más de lo acostumbrado, apenas faltaban diez minutos para las diez de la noche. Y nunca mejor dicho, noche, pues ya había anochecido hacía un buen rato. Llegaba tarde a su cita con Manuel. Soltó un improperio y cerró malhumorada la puerta de su despacho. Se metió en el ascensor y bajó hasta el parking. Apenas ya quedaba gente en el edificio, todas las plantas estaban dedicadas a oficinas y la gran mayoría abandonaba el lugar entre las ocho y las nueve.

Iba camino de su coche cuando de pronto, sin saber de dónde ni cómo, apareció un hombre con una gran navaja en una de sus manos, amenazándola de muerte si no le entregaba ya mismo las llaves del coche, el dinero y las tarjetas de crédito. El susto le hizo retroceder unos pasos y enmudeció de miedo. Hizo ademán de abrir el bolso, mas su verdadera intención fue echarse encima de él y empujarle con todas sus fuerzas para luego echar a correr hacia el ascensor, que todavía seguía allí. Lo había visto de reojo antes de tomar esa decisión.
La jugada le salió mal, el tipo adivinó sus intenciones y levantó la navaja para hundírsela en el pecho. El bolso hizo de parapeto, el mortal metal se introdujo con gran facilidad en su interior, como cuchillo en la mantequilla, mas allí finalizó su recorrido al tropezar con un muro, la cruz que se albergaba dentro. Un alarido de dolor salió despavorido de la garganta del ladrón, su muñeca casi se había partido y se dobló sobre sí mismo de dolor. Aprovechó ella para correr hacia el ascensor, estaba a punto de entrar cuando sintió un fuerte golpe en las costillas, la había alcanzado, el muy cabrón no se daba por vencido. Se giró hacia atrás, allí le tenía de nuevo, frente a ella, con la fría muerte paseando y presionando sobre su cuello, a punto de hacer mella en su carne.

-¡Dame todo lo que tengas de valor dentro de ese puto bolso, zorra!- ordenó cabreado el tipo.

Sin apartar la vista de su cara, introdujo la mano derecha en el bolso, buscó la cartera y bajo la palma de su mano sintió la firmeza de la cruz. No se lo pensó dos veces, la agarró bien fuerte, y con todas sus fuerzas la levantó y dirigió hacia la garganta de él donde se incrustó sin vacilar. La mirada amenazante dio paso a la sorpresa, que se dibujó sobre el rostro, clara y precisa. Cayó como un fardo y, al momento, una oscura mancha se dibujó bajo su cuerpo.
Agotada se dejó caer al suelo y se quedó así, sentada durante un buen rato. No podía dar crédito a todo lo que había sucedido y mucho menos a su comportamiento, era como si otra persona hubiese actuado por ella.

La cruz, ahora ensangrentada, seguía aferrada a su mano, sí, así mismo era, porque había sido ella la que había tomado las riendas de la situación, como si tuviese vida propia había decidido qué hacer y cómo.

Se acordó de Lola, la meiga, y le dio las gracias. Los pétalos caídos de la flor que había depositado sobre su tumba dibujaron sobre el suelo una cruz.

Leonard Cohen "Who by fire" (vídeo musical).

viernes, 5 de octubre de 2007

"El espía"

"Visión forjada"

Se dio cuenta de que estaba enamorado de ella cuando, por primera vez en seis meses, no acudió a su cita semanal. Era viernes, a punto de concluir su jornada laboral, y ella no había aparecido. Cerró por un momento los ojos y la trajo consigo, tal y como la recordaba. Llegaba siempre con mucha prisa, elegía las flores sin vacilar, siempre diferentes, pagaba y se iba como había entrado, como una exhalación. Al principio le pareció un tanto petulante, pues apenas atendía sugerencias, en realidad no escuchaba; con el tiempo se acostumbró a sus maneras, llegando incluso a despertar cierta simpatía e inusitada atracción en él.

¿Regresaría a la semana siguiente?, ¿se habría mudado de ciudad?, ¿habría cambiado de floristería?, un rosario de preguntas se agolpaban en su cabeza queriendo encontrar respuesta, mas el silencio fue todo lo que pudo devolverles, de momento.

Y llegó el turno del siguiente viernes, y tampoco apareció. Cuanto más espacio devoraba su ausencia, más se instalaba la nostalgia y la tristeza en su corazón, la echaba de menos, sí. Anhelaba su presencia, que, aunque breve, era tan intensa que arrasaba todo a su paso. Era un vendaval, y él junco que se mecía en sus remolinos.

Descorazonado, un viernes más, cerró la verja de la tienda y, sin rumbo fijo, dejó que sus pies le condujesen calle abajo. La noche se estrenaba y el trasiego de gente se intensificaba en algunas zonas, como bares y restaurantes. Comenzaba el fin de semana y con él venían de la mano, en un gran manojo, horas cargadas de intensas sensaciones, placeres y goces.

Estaba a punto de cruzar en un semáforo cuando, de repente, la vio. Era ella, no había ninguna duda. Caminaba delante de él, a escasos metros. Casi podía tocarla, cual flor silvestre, cercana pero inalcanzable, porque así la veía, indómita e inaccesible. No pudo reprimir una placentera punzada de regocijo al comprobar que estaba sola.

Se dejó estar a su espalda y siguió sus pasos. Ella continuaba recto, en dirección al mar. De repente, aminoró el paso, giró a la izquierda y se dirigió al encuentro de un joven que la estaba esperando.
Él se detuvo, era preciso guardar una prudente distancia para que no advirtiesen su presencia, si ella le reconocía se abriría el mundo bajo sus pies y se hundiría en el abismo de la vergüenza.

Se fundieron en un cálido y sensual abrazo, la boca de él fue en busca de la de ella, se encontraron y allí se perdieron ambos, entre salobres fluidos y placeres en busca de ser saciados. La envidia o los celos, desplegando su fétido aroma, le incitaron a que fuese zarza que ahoga hermosas flores con sus espinas. Se dejó estar, su papel era de espectador, no de protagonista.
Por cada mirada que ella le dedicaba a él, por cada intercambio de caricias, en su interior se iba enredando una oscura y retorcida pasión, inyectada de veneno.

La madrugada comenzó a salpicar el lienzo de la cúpula celestial, puntual mensajera del nuevo día que estaba por llegar. Era hora de regresar a casa, la nostalgia cedía el paso a la esperanza, había descubierto el jardín de sus días y sus noches, su hogar.
Ya no era necesario que ella fuese a buscar los ramos a su tienda, él se los dejaría a la puerta de su casa. Puntual, cada viernes, como siempre había venido siendo hasta no hace mucho. Si lograba despertar su atención, tal vez se fijase en él, tal vez podría llegar a…, oh… si eso llegase a ocurrir, sería el hombre más feliz sobre la faz de una fértil tierra.
Y la semana transcurrió insólitamente lenta, se aferraba a los días cual hiedra a la pared para subsistir.

Y llegó el día esperado. Preparó con mimo y esmero un ramo especial, de los que sabía a ella le fascinaban. Ufano y satisfecho ante la visión de su obra, ahora tan solo restaba entregarlo. Veinte minutos de camino, tiempo necesario para que ahora se hallase frente a la puerta de su casa. Dudó unos instantes antes de pulsar el timbre. Se decidió. Ya no había marcha atrás. Al cabo de unos segundos oyó su voz a través del interfono. Preguntaba quién era. Él le respondió que traía unas flores y que se las dejaba en…, no pudo finalizar la frase; ella le interrumpió a bocajarro preguntando: “¿Es mi ramo de novia…?”
Un débil “Sí” se proyectó hacia el exterior sin pedir permiso, y a continuación oyó un clic en el portón de entrada. Le había abierto desde dentro. Le estaba invitando a pasar, a entrar en su vida, en su casa, en su espacio.

Se decidió a traspasar la frontera, cerró la puerta tras de sí y caminó lenta y pesadamente hacia la entrada de la casa. Un frondoso y cuidado jardín la circundaba, y hasta él llegó un tímido y dulzón aroma de jazmín, aspiró profundo y se deleitó en sus notas.

El lazo de esparto que anudaba el ramo ya no ocupaba su lugar, ahora se enredaba sibilino entre los dedos de una de sus manos cual mortal trepadora ansiosa por enroscarse en el sol con las hojas.
A la derecha un anciano y solmene olivo protegía con su mayestática presencia el acceso al porche de la casa. Impresionado por su belleza giró la cabeza para admirarlo a su paso. Entonces algo sucedió, algo petrificó sus pies al suelo impidiéndole proseguir su camino, como si de repente ambos hubiesen echado profundas raíces bajo la tierra. Apenas tuvo tiempo de ver cómo el tronco del árbol se abría en dos gruesas compuertas ante su incrédula mirada, un fuerte empujón lo dirigió con acertada puntería hacia aquella oscura y profunda garganta que se había manifestado ante sus ojos. Fue engullido sin ninguna compasión ni remordimiento. Y así como el tronco se abrió, de la misma manera se cerró, imperceptible.

Ella salió al jardín para recibir al mensajero y recoger su ramo de novia, mas lo único que halló fue uno de sus ramos favoritos a los pies del viejo olivo. Lo recogió, ladeó la cabeza y, frunciendo el ceño, le dirigió una miraba que se paseaba entre la extrañeza y el desconcierto; aquel ramo, desde luego, no era el de novia, sino uno de sus ramos de los viernes. ¡Estos mensajeros, siempre con prisas!, se quejó en voz alta.

Antes de entrar, pasó la mano a modo de sutil caricia por el tronco de su viejo amigo. Las ramas se mecieron y al rozarse entre ellas emitieron un débil susurro de felicidad.

jueves, 4 de octubre de 2007

"Una larga espera"

"Peldaños a la pared"
Una ráfaga de viento empujó con fuerza la entreabierta ventana, la madera gimió al golpearse contra la pared. Aquel sonido sordo y seco hizo que se despertara sobresaltada. Se incorporó sobre la cama y, al comprobar la causa, se sintió menos inquieta. El aire invasor era cálido y espeso, anunciaba tormenta y lluvia. Descalza se dirigió hacia la ventana para cerrarla, estaba a punto de encajar ambas hojas cuando hasta sus oídos llegó lo que parecía un llanto. Se detuvo y agudizó el oído, tal vez fuese imaginación suya o el maullar de algún gato callejero. Pero no, no, alguien estaba llorando bajo su ventana, ahora estaba segura.

Se asomó, mas no vio a nadie. El voladizo que sobresalía de la pared, sobre la puerta de salida hacia la playa, ocultaba su identidad. Se aventuró a preguntar: “¿quién está ahí?, ¿hay alguien?”, no recibió respuesta alguna.

Agarró el chal que había dejado sobre la mecedora, se cubrió con él y se dirigió hacia la puerta. El miedo le soplaba en la nuca, sentía su gélido aliento; aun así descorrió los cerrojos de la puerta y, con cautela, la abrió lentamente, al tiempo que su mirada recorría con avidez el espacio que se iba mostrando ante ella, tratando de identificar alguna forma humana. Inspiró profundo y se atrevió a salir. Entornó los ojos para escudriñar el horizonte a izquierda y derecha; de nuevo, nada. Dirigió entonces su mirada hacia la playa y, a lo lejos, caminando hacia el mar, la vio. Era una mujer, e iba vestida con, lo que parecía, un blanco camisón. El viento lo agitaba con fuerza, tal parecía una nívea bandera amarrada a un mástil humano. Mascarón de proa de una nave fantasma.

Con grandes zancadas fue recortando el espacio que mediaba entre ambas. Estaba casi a su altura cuando la mujer se giró hacia ella. El rostro, oculto bajo sus manos, estaba arrasado en lágrimas. Unas apenas audibles palabras manaban de su garganta. Se acercó a ella. Le preguntó qué le pasaba, qué hacía allí a esas horas, si podía ayudarla. La mujer, sin apartar las manos del rostro y sumergida en un llanto convulso, pronunciaba sin cesar: “Marina, Marina, mi niña, ¿dónde estás?”

No sabía qué hacer, aquella mujer no atendía a razones, estaba totalmente fuera de sí. Se giró y echó a correr hacia la casa. Llamaría por teléfono a la policía. Se detuvo en seco y se volvió a mirar hacia la playa, temía que pudiese cometer alguna locura, como adentrarse en el mar y ahogarse. Sus pies se petrificaron sobre la húmeda y apelmazada arena. Ya no estaba, había desaparecido. Se adentró desesperada en el mar buscando la figura blanca, su búsqueda fue infructuosa. Era del todo imposible que la mujer pudiese haberse ahogado en los apenas cinco segundos que había tardado ella en girarse. No podía dar crédito a lo que estaba sucediendo. No parecía real.

Se lanzó como una posesa a por el teléfono. La policía se presentó en el lugar. Dos embarcaciones peinaron la zona hasta bien entrado el amanecer. Fue en balde. No hallaron rastro alguno de ser humano, ni tan siquiera algún jirón de su ropa flotando en la superficie. Nada.

Tuvo la extraña sensación, por como la miraban, que comenzaban a dudar de sus palabras, como si todo aquello hubiese sido un macabro juego urdido por su solitaria y atemorizada mente ante la poderosa tormenta que amenazaba con desatarse.
Se introdujo en la casa y se acostó. Necesitaba dormir y reposar, seguro que tras un reparador sueño su mente estaría más lúcida para enfrentarse con frialdad a lo sucedido.
Como así fue.

Sabía a quién dirigirse, allí encontraría respuestas, seguro. Cruzó la calla y caminó la distancia de tres casas más arriba de la suya. Con decisión golpeó el aldabón, en forma de puño amenazador, suspendido sobre una gruesa puerta de madera pintada de color verde alga.
En respuesta a su llamada se abrió cual cueva a las palabras mágicas, a través de ella asomó una menuda y aparentemente frágil anciana, que, al reconocerla, desplegó una amplia sonrisa sobre unas desnudas encías. La invitó a pasar.

Relató con detalle los acontecimientos de la noche anterior. A medida que avanzaba la historia la mirada de la anciana se tornaba sombría, sus finos labios dibujaban un desconcertante rictus sobre su rostro y asentía en silencio con la cabeza al tiempo que sus manos se entrelazaban sobre su regazo, como buscando calor y apoyo la una sobre la otra, a modo de reflexión.

Un inquietante silencio se instaló entre ambas mujeres. La una estaba a la espera de respuestas, la otra dudando si abrir o no las puertas de la verdad.
Por fin se decidió, sí, ya era hora de hacer algo, si es que se podía. ¿Por qué no intentarlo?

Y la respuesta llegó a ella.
La mujer que viste anoche, comenzó la anciana, no era humana. Está muerta. Hará de eso un siglo, se ahogó en el mar con Marina, su hija de quince años. Se aparece todos los años, la misma noche que murieron ambas ahogadas, un veintitrés de agosto.
Aquel verano fue caluroso hasta el martirio, y aquella noche la más tirana de todas. Madre e hija, que vivían, por cierto, en la misma casa que tú habitas, salieron para darse un baño. Ajenas a todo estuvieron largo rato jugando en la arena, por lo que no advirtieron que durante ese tiempo se habían gestado amenazadoras nubes cargadas de electricidad y poderosa lluvia. El mar, apacible hasta entonces, se removió furioso en sus entrañas ante la provocación suspendida sobre él. Marina y su madre, decidieron darse un baño, estaban sofocadas. Ambas eran buenas nadadoras y se retaron a un duelo de distancia.
Y la tormenta estalló y con ella la rebelión del mar. Y en medio de ambos contrincantes, aquellas mujeres luchaban por alcanzar la orilla. La feroz lucha que sostenían el mar y el cielo las devoró a las dos. A Marina nunca la encontraron y el cadáver de su madre fue hallado sobre unas rocas a la mañana siguiente. Su larga melena estaba atrapada entre ellas cual oscura alfombra de algas mecida con sensualidad por la corriente marina.
Desde entonces vaga por la orilla del mar en busca de su hija; hasta que la encuentre, hasta que se encuentren no descansarán en paz. Ninguna de las dos.

Abandonó la casa de la anciana. Ahora tan solo tenía que esperar paciente a que transcurriese el tiempo. Y los días cayeron, uno tras otro; las estaciones duraron lo que tardaba la siguiente en aparecer.
Una vez más era veintitrés de agosto, y de nuevo la noche, como venía sucediendo cada año, tejía la batalla que se desataría entre el mar y el cielo.

Salió de casa y encaminó sus pasos hacia la playa, firmes, con decisión; como si desfilara por una pasarela de arena.
Llegó hasta la orilla, se detuvo para sentir como el mar besaba sus dedos y luego prosiguió su camino, hacia adelante, hacia su interior.
Cuando ya no tocaba fondo extendió sus brazos y comenzó a nadar. Los elementos no tardaron en liberar toda su furia contenida. Fue entonces cuando se giró hacia tierra y comenzó a nadar hacia allí. Faltaba poco, sí, estaba a punto de llegar, lo conseguiría. El mar la arrastraba hacia atrás, el mismo mar que había besado sus pies ahora quería devorarla, quería besar su alma.
Divisó entonces la blanca figura de una mujer. Empleó en un último esfuerzo todas sus fuerzas, se irguió todo lo que pudo sobre la superficie y pronunció una frase, la respuesta a una eterna llamada: “¡mamá, estoy aquí! ¡ven!”

La mujer que estaba en la orilla la vio y sin vacilar se lanzó a las fauces de aquel mar que rugía salvaje cual predador hambriento. Nadó con decisión hasta donde estaba, y cuando estaba a punto de hundirse, la mujer se abrazó a ella con una fuerza inusitada y se abandonó a la mortal caricia que las engullía. Dulce rendición.

La larga espera había tocado a su fin.

Queen "Bohemian Rhapsody" (vídeo musical).

domingo, 30 de septiembre de 2007

"El Huno"

Ajustó la peluca sobre su cabeza y se miró en el espejo por última vez antes de salir. Sí, estaba perfecta. De camino hacia la puerta agarró al vuelo un pequeño bolso. Todo lo que necesitaba estaba allí dentro. Sin volver la mirada abandonó para siempre aquel mugriento cuarto y con paso decidido bajó las escaleras que conducían a la calle.

Giró a la izquierda y continuó todo recto durante un buen trecho. El lugar de destino quedaba algo lejos. Las luces de neón chirriaban ante su mirada con estridentes y agresivos colores que todo lo invadían; las bocas de los locales vomitaban gente, en su mayoría hombres, y mucho ruido, humano y musical. Todo aquel que visitaba la zona sabía que estaría sometido a ese maltrato visual, no en balde iban en busca de emociones mucho más fuertes e intensas.
¿Qué se podía esperar si no en el barrio de las putas?

Llegó a su puesto de trabajo, puntual, como venía haciendo cada noche desde hacía un año. Era discreta y silenciosa. No quería problemas con sus compañeras, no le interesaba armar jaleo, y mucho menos llamar la atención. No compartía con ellas el mismo objetivo: ganar dinero con su cuerpo.

Su clientela era fija y selecta, tal como se había propuesto. Tres clientes eran los destinatarios de su experiencia y artes amatorias. Y, debía ser muy buena, pues, para su sorpresa, siempre preguntaron por ella desde el primer encuentro.
Aquella noche le tocaba a él, a "Huno" (abreviatura de Hombre Uno). A ninguno les llamaba por su nombre, no quería implicaciones emocionales de ningún tipo. Los otros, como buenos secundarios, se quedaban simplemente en: "Eldos" y "Eltres."

La hora acordada se acercaba. Se miró de reojo en el escaparate de un sex_shop. Todo estaba en su sitio, la poca ropa que llevaba encima, para ser exactos. Un escotado vestido negro insinuaba unos turgentes y tentadores pechos, la espalda quedaba al descubierto en toda su trayectoria, hasta el mismo coxis. Las piernas, bien torneadas y largas, asomaban en todo su esplendor bajo el escaso tramo de tela, destinado a ocultar ciertas zonas de privada visión y deleite. Unas sandalias con tacón de vértigo eran el colofón a su indumentaria.

Un coche aparcó enfrente de donde estaba. La puerta del copiloto se abrió como una oscura cueva ante ella. Entró. Conductor y acompañante se alejaron de aquel sórdido lugar. Él iba camino del éxtasis eterno, ella de cumplir su promesa.

El nuevo día asomó a su hora, y sin contemplaciones desplazó a la noche con todos sus habitantes y fauna. Eran las nueve la mañana, hora de un buen desayuno. Entró en su cafetería de siempre, se sentó en la mesa de siempre y, como siempre, leyó la prensa.
Los titulares eran unánimes, la noticia corría como reguero de pólvora en boca de todos los allí presentes.
Sin inmutarse leyó la cabecera, únicamente. El resto no le interesaba. Conocía a la perfección todos los detalles.

El presidente de una prestigiosa multinacional había sido hallado muerto en la cama de un lujoso apartamento. El cadáver, encharcado en su propia sangre, estaba desnudo, esposado al cabezal y con los pies encadenados. Su miembro había sido amputado e introducido en la boca hasta la garganta.
La policía había iniciado una investigación y, hasta el momento, no tenían ningún sospechoso.
Dobló el periódico y lo dejó sobre la mesa. Sonrió para sus adentros y suspiró levemente. Su promesa había sido cumplida.

Aquel cabrón, en su juventud, despechado ante la negativa de su madre a sus proposiciones, una noche decidió violarla hasta casi matarla. Ella no dudó en denunciarle y esa fue su ruina. La familia de él era rica y muy poderosa, compraron a la policía, amenazaron a los testigos y sobornaron al juez. Salió en libertad sin cargos.
Su madre quedó embarazada. Decidió tener a su hija, mas a los pocos meses de nacer ella se suicidó.

El muy cerdo, antes de morir, había escuchado horrorizado toda la historia de sus labios.
Querido Huno, comenzó lentamente su confesión, deseaba regodearse, estás follando con tu hija. Sí, sí, no abras tanto los ojos, hijo de puta. Soy tu hija, sí, sí, la misma que estás pensando. La misma que durante un año te la ha chupado, y a la que le has metido la polla, por delante y por detrás. Le lamiste el coño a tu hija, Huno ¿ahora sientes asco? Seguro que no tanto como el que yo he tenido que soportar desde el primer día que me tocaste. Después de estar contigo me iba al baño y vomitaba, vomitaba la repugnancia que tenía que disimular cuando estábamos juntos.
Y deja ya de negar con la cabeza, porque ahora quien da las órdenes soy yo. Es cierto, soy tu hija, tu hija bastarda, muy a mi pesar y para mi vergüenza. Ahora te das cuenta a quién te recordaba, ¿verdad? A mi madre, sí.
Tú la mataste, y has de pagar por ello con tu vida. Tu vida por su muerte. Sea pues. Y dicho esto le amputó el miembro con un enorme cuchillo de cocina, acto seguido, aún vivo pero exangüe y sin fuerzas para poder emitir sonido alguno, se lo introdujo en la boca.

La policía, a día de hoy, continúa buscando a la misteriosa prostituta del “Barrio de las Flores Nocturnas.” Así como apareció un día, desapareció de la misma forma: silenciosa y discreta.

Tracy Chapman "The promise" (vídeo musical).

sábado, 29 de septiembre de 2007

"A un desconocido"

"De piedra"

Ella se sumerge en el océano de su voz, desnuda sus instintos y se pasea insolente por el vértice de su sexo. El cuerpo es cámara secreta de díscolos pensamientos que acuden sin ser llamados y que con desafiante impudicia tejen una fina red sicalíptica.

Las murallas de Jericó se tambalean, ¿dónde está el enemigo a derribar?

Las palabras son instrumento sonoro de sus manos. Ayer rodeaban sin llegar a tocar, hoy se atreven a rozar la piel, rebotan como un eco y regresan llevando consigo el rocío de una fragancia que él recoge con avaricia y oculta en sus entrañas cual pócima secreta, elixir de placeres prohibidos.

Es un desconocido en su presente, tentador conocido incierto en el mañana. Provocadora presencia que turba, a su pesar.
La confusión empuja con fuerza y decisión, intenta abrirse paso en su carne. Ella luchará hasta el final, conoce muy bien su efecto devastador y no se dejará vencer fácilmente, no, hoy no.

Aun así, desconocido, no abandones, ve y pregúntale cuál es el secreto que oculta al mundo.

Bill Evans "Waltz for Debby" (vídeo musical).

viernes, 28 de septiembre de 2007

"La gruta"

"La gruta"

No fue un bebé como los demás, no. Su llanto no fue de vida, sino de tristeza; quería regresar a la gruta de la cual había sido expulsado, allí dentro imperaban la paz y el equilibrio, fuera todo era caos y peligro.

Aun así, por mucho que pataleó y gritó no pudo impedir ser vomitado fuera del paraíso. Aterrizó en un mundo frío y hueco, poblado de seres extraños, color gris ceniza; todos ellos rescoldos de hogueras extinguidas, vidas apagadas.

Creció solo, abrazado a su soledad. La tristeza era piel que recubría su cuerpo, sus lágrimas agua bendita en las noches insomnes de aquel cuarto, reducto al que se aferraba como escudo protector, refugio de soldado acosado por el escuadrón de la muerte.

Nunca supo cómo comenzó ni cuándo. Tal vez siempre estuvo ahí, con él; y ahora únicamente se manifestaba para protegerle, para protegerse.
Era insignificante cuando reparó en ella, creyendo ver una mancha intentó borrarla una y otra vez. Mas ella, tozuda, ni se inmutaba, seguía aferrada a la pared. Esperaba paciente a que él se acercase a observarla para alimentarse de su aliento, impregnado de vida y pureza.

Los años fueron desplazando unos a otros y así llegó él a su vejez. Ambos habían crecido juntos, él hacia su ocaso, ella hacia su cenit. Cuanto mayor se hacía él, más poderosa se tornaba ella.

Y llegó el día, su día. Era hora de partir, al fin. No sabía hacia dónde, mas la certeza de su marcha le proporcionó la paz que había dejado de sentir desde que había sido arrojado a este inhóspito mundo. Una sonrisa asomó tímida, por primera vez, en su rostro.

Se acercó a “su amiga”, quería compartir con ella aquel cálido sentimiento, primero y último que inundaba su ser.
Conmovida por aquel delicado gesto se abrió para él, lo recibió y lo envolvió con sus aterciopeladas paredes, construidas a lo largo de los años con el aliento y la pureza de su alma. Se abandonó sin oponer resistencia alguna, como una revelación supo que regresaba, de nuevo, al lugar del que nunca quiso salir. Estaba dentro de ella, y ella, ahora, era él. Su hogar, la gruta.

David Bowie "Life on Mars?" (vídeo musical).


miércoles, 26 de septiembre de 2007

"El mar"

"El mar"

Me llama, sus olas son voluptuosos abrazos que envuelven mi cuerpo; la sal de sus entrañas, almohada que protege mis sueños.
Es momento de regresar a él, cual amada a la hacienda de su señor.
La noche, secreta, aterciopelada y cálida es cómplice de nuestro encuentro. Él me espera, lo sé. Siento como se agita furioso dentro de mí. Voy a su encuentro.

Lame la arena, y, mecido sobre el silencio, susurra mi nombre; refulge su blanca crin, soberbio corcel de etérea espuma; se encabrita ante mi presencia exhibiendo su poder con insultante orgullo. Cabalga indómito sobre las rocas, cocea el aire con su fragancia salobre y enamora a la luna con su canto de sirena. Ella, coqueta, se deja conquistar, se descuelga sobre el espejo de su lomo y se convierte en grácil amazona.

Camino sobre dos pies descalzos y transparentes, inquietos y pudorosos.
Entro en su reinado, rodea mis piernas con húmeda lengua, acaricia mis tobillos con provocativa sensualidad. Se recoge para regresar, una y otra vez, al ritmo de una música que se esculpe bajo su vientre, poblado de vidas, poblado de almas.
Me inunda con su esencia, me habla con palabras que se dibujan sobre las estrellas; traza, sin vacilar, mi perfil sobre el lienzo mudo y dócil de la arena, sumisa vasalla de poderoso señor.

No tiene contrincante; nadie como él para amar, nadie como él para matar. Él es la vida y la muerte. Lo da todo, lo quita todo.
Me encuentro con él, me encuentro conmigo. Soy, somos.
El mar, mi mar.

Rodrigo Leao "Mar meu" (vídeo musical).

martes, 11 de septiembre de 2007

"La enfermedad"

Con el otoño llega la caída de la hoja; a él con la nueva estación que comenzaba en su vida, la jubilación, le llegó una inesperada visita, de esas que vienen para quedarse nadie sabe cuánto, pero de las que nadie desea ser anfitrión. Y así, sin avisar y sin pedir permiso, se instaló y se apoderó de una parte de su espacio, se hizo dueña y señora del tiempo, de sus días y de sus noches. Engendró hijos del miedo y hermanos de la incertidumbre. Seguro que nunca habrá llegado a conocer tanto a una mujer como a ella.

Seis años dura ya su relación, conoce él todos sus guiños, sus pataletas, sus mortales caricias y pacíficos sueños. Ella sabe dónde morder, lo hace a veces, más luego afloja. Aquellos hombres y mujeres de bata blanca logran disuadirla, convencerla y acallar su malhumor. Refunfuña, retrocede y se repliega. Todavía se deja querer, y, a ratos, dominar. Es caprichosa pero con cierto grado de docilidad. Ojalá que no aprenda los trucos para triunfar.

Y así conviven los dos. Ella dentro de él; él con ella. Un amor que será eterno, pues ambos saben que nunca se irá. El silencio de la complicidad, una complicidad que asume con resignación, reconoce que no puede ser de otra forma.
Ella es "la enfermedad", así la ha bautizado.

Mas él, durante estos años, ha aprendido muchas cosas de ella y con ella. La vida ha sido generosa, lo está siendo aún. Ha visto caer a tantos a su alrededor que no puede ser de otra manera; amigos, vecinos y familia que han sido devorados por la crueldad de un amor no deseado. Sabe que ha de ser humilde ante la vida, pues a él se le ha concedido más tiempo, y, hoy, ahora, esa es toda su fortuna, su tesoro. La muerte está ahí, más cercana, pero todavía no ha extendido su mano para señalarle.

No hace muchos años, o, tal vez, sí, sean muchos, se le escapó a hurtadillas, como un niño travieso, un bocadito de cariño y amor. Se descolgó sobre Lucky, un hermoso yorkshire terrier, allí se quedó durante casi cuatro años y con él se fue cuando dejó de vivir. Contemplar aquel gesto fue descubrir un poco su secreto. El que lleva ocultando tantos años al mundo.

La vida me ha enseñado a quererle, ya no reniego cuando le veo reflejado en el espejo de mi días; él ha aprendido a dejarse querer, por fin la fortaleza abre las puertas y permite el paso a su corazón. Ahora ya tengo un padre; él, una hija.

A veces es necesario morir un poco para aprender a vivir y amar.

A mi padre.

ABBA "Dancing Queen" (vídeo musical).

lunes, 10 de septiembre de 2007

"Tiempo"

"El poder y la palabra"

Abro puertas en mi carne quemando la piel contra las paredes impasibles de una ciudad cualquiera.
Mana la sangre y en ella se diluye parte de una tirana desolación que se resiste a abandonarme.
Duele, duele la ausencia de una piel que se ha quedado atrapada entre las grietas de una silenciosa pared.
Grita la carne, lanza alaridos de vergüenza al saberse desnuda y expuesta al mundo.
Acude presto el tiempo, se posa discreto y silencioso; despliega su manto y ahí se queda, lento, lejano; siempre infalible.
Tiempo, ah… el tiempo, hierático y mayestático. No existe fórmula ni genio que te pueda abatir.
Somos títeres que mueves a tu antojo, podremos engañarnos con tretas, ardides y mascaradas, mas tú no te arredras, ni ofendes, pues tienes bien clara tu misión.
Ay... quién fuese merecedor de tus favores.
Sé escenario de mis sueños, espejo que no se hace añicos cuando me asomo, cómplice que sobornar para recuperar un tesoro perdido.
No te vayas antes de que mi función toque a su fin.
Permite mi marcha acompañada de música escrita sobre la piel. Notas que al ser leídas emiten sonidos, palabras con fragancia a tierra, mar y sal.
No quiero entregarme a tus brazos sin antes calentar mis frías manos con el calor de su rostro.
Mi equipaje pesa, me va pesando.
Ayúdame, no a llevarlo, sino a que no me falten las fuerzas que ahora, aún, tengo.
Que no me abandonen, que no se apague el motor, camina a mi vera; a la par, juntos, tú y yo. Sigamos, pues.
Todavía no es momento de entregar la maleta, tengo muchas cosas que incluir, otras tantas que recuperar.
Toda mi fortuna eres tú, tiempo; mi desgracia, también.

Pink Floyd "Time" (vídeo musical).

domingo, 9 de septiembre de 2007

"La carne es fuerte"

"Distracción rosa"
Sí, lo es. A pesar de que la religión lleva siglos intentando convencernos de lo contrario, de que es débil. La carne tira, empuja y desafía, casi siempre con éxito, a nuestra razón y a nuestros prejuicios. Es fuerte.

Su victoria nos deleita con momentos de placer y de éxtasis; placer rehuido, temido y anhelado a la vez. Placeres condenados, condenables; dulces y amargos; añorados por su intensidad; odiados por su temible poder de dominación. Feroz batalla la que se libra contra uno mismo, no existe peor enemigo ni contrincante más temido.

Después de su momento de gloria aparece la niebla de la culpa y nos envuelve en un húmedo abrazo. Es la eterna lucha del “yo” verdadero contra el “yo” que debemos ser y que nos imponemos. Ese otro que evitamos mirar cara a cara lo encerramos entre rejas tan pronto somos conscientes de su poder. El miedo es su carcelero, la vergüenza llave maestra del candado que atraviesa su puerta.

Sí, nos avergonzamos de lo que muchas veces sentimos, de lo que nos produce placer, y que sabemos es reprobable ante la inquisidora mirada del vecindario del mundo, de la sociedad. Y como si de hijos deformes se tratase, ocultamos nuestros sentimientos en lo más profundo de nuestro ser. Calabozos del alma. Ergástulas de confesiones no pronunciadas, de sueños pecaminosos y amores ilícitos que se pudren bajo nuestra carne como abortos.

Nos convertimos en burdas imitaciones de nosotros mismos, bisutería y oropel de materiales nobles que no sabemos lucir. Perchas de la cobardía, escaparates que siempre muestran su mercancía en rebajas.

Ante esta dictadura impuesta al placer, me arqueo y me tenso sobre la flecha de la lucidez perdida para que se clave en la médula y, allí, abra un surco del que mane música, agua y color, paleta sobre la que se columpiarán nuestros insintos para acariciar los sentidos.

Van Morrison "Moondance" (vídeo musical).

sábado, 8 de septiembre de 2007

"El amor, bajo en calorías y en lonchas finas"

¿Dónde está mi mundo?
Me giro, miro en derredor y me encuentro rodeada por una inmensa charcutería donde todo, prácticamente todo, se corta y se vende al peso. Todo medido, todo comedido. Se ama con moderación, lo justo, o se tiende a que así sea.
Se dosifica la información; se inyecta el dolor en ampollas; la educación es descafeinada y meliflua; la justicia se aplica con cuentagotas; impera la equidistancia, la indefinición y las medias tintas.

No sabemos si vamos o venimos. Somos una gota sin identidad que se diluye y pierde el color de su sonido en el océano monocromo de la multitud, de la muchedumbre.

Si somos racistas o clasistas, que en el fondo lo somos en mayor o menor medida aunque no guste admitirlo públicamente, que no se note, ni traspase, ni se mueva (protejámonos con el Tampax de la solidaridad y la tolerancia, de lo “políticamente correcto”). Da igual que en el back stage imperen los verdaderos sentimientos, de rechazo, desconfianza o temor.
Lavemos nuestras conciencias apadrinando niños por “taintantos” euros al mes; qué importa su identidad, su dolor es lejano y su desgracia más. Liberemos carga de culpa, sumemos bondad y restemos artificial y artificiosamente prejuicios que nunca nos abandonan; y así hasta al próximo examen de ¡conciencia?

Es curioso, sin embargo, comprobar como gente más cercana a nosotros en el tiempo y el espacio necesita ayuda, de la nuestra, sí, también; y que lejos de apresurarnos a brindársela volvemos asépticamente nuestra mirada hacia otro lado, porque claro, nuestra cuota de “cómoda generosidad” ya está cubierta con los “taitantos” euros. Ante la desgracia cercana nuestra solidaridad se vuelve ciega y sorda.
Todo se mide, todo se pesa, todo se reprime y todo se comprime. Se dosifica.

No es de extrañar que atravesemos una escandalosa sequía de creatividad.
Crear es como arrancar hijos al alma, engendrar ideas del sentimiento desatado y feroz, vomitar pasión para alimentar la propia existencia.
Todo aquel que crea no entiende de pesos ni de medidas. Se limita a buscar un medio de expresión que canalice toda esa energía que lo sacude, lo posee y lo demoniza.
El amor, la destrucción, el odio, la pasión son sentimientos inconmensurables. Quien ama de esa manera puede aborrecer con la misma intensidad, y su capacidad de destrucción es ilimitada, tanto como la de crear.
Quien ama sin condiciones ni límites confía en que el otro, los otros, hayan borrado la letra pequeña del contrato.

Los sentimientos en estado puro son como la naturaleza, crueles. Ni justos, ni injustos. No entienden de normas, reglas, límites o compasión alguna. Suceden y ya está. Arrasan y asolan todo a su paso, para su goce o su padecimiento.
Y si hoy, salvarse de la quema tiene como precio la renuncia a parte de lo que uno es, de lo que ha hecho y de su yo; entonces es preferible hundirse, solo, sin tabla de salvación a la que poder agarrarse. Es más digna una muerte solitaria que una salvación cortada en lonchas, cual fiambre que se ofrece en charcutería, al peso y etiquetado.

La vida es como una noria, hay quien se sube a ella y gira, y gira, cambia de canasta y de compañía, con el riesgo que conlleva de caer el vacío, pero durante el viaje disfruta contemplando el amplio paisaje que ante sus ojos se dibuja, ora grato, ora ingrato; otros, se limitan a presenciar el espectáculo desde abajo, su horizonte no va más allá del corto trayecto que les permite su limitada visión.

Cuántas veces no habremos lamentado no habernos enamorado de ésta o aquella persona, o desear con todas nuestras fuerzas poder hacerlo. Aquí no existe la libre elección, no hay libertad posible, ni juez al que poder acudir para reclamar equidad y justicia. La bondad se enamora de la maldad, la belleza de la fealdad, el egoísmo de la generosidad, la honradez de la delincuencia, la brillantez de la mediocridad y hasta la ternura de la tiranía. Es cruel, pero es así. Como una moneda, cada cara busca su cruz y viceversa. Ambos opuestos son una sola cosa, una misma intensidad que se manifiesta de formas diferentes.
Unos construyen, otros destruyen.
¿Qué es mejor?
¿Construir para encarcelar? o ¿destruir para liberar?

Todo es tan incierto, tan subjetivo, tan frágil y resbaloso que acaba mordiendo bajo nuestros pies cual diente de perro.
Tal vez hasta nosotros mismos seamos un Matrix de nuestra propia mente y vivamos en realidades ficticias, cortinas que se corren para ocultar una existencia gris, hueca, indefinida y fría, sometida bajo unas, aparentemente razonables, normas que ocultan un miedo atroz a reconocer la existencia y cohabitación con los instintos más primarios y salvajes que son inherentes a nuestra naturaleza.
La envida, la belicosidad, la ambición, el afán de poder, de liderazgo, y demás mal llamados pecados capitales son tan antiguos como el ser humano. Llegaron con él y con nosotros continúan. En tantos miles de años no hemos sido capaces de erradicarlos. Ellos terminarán por exterminarnos, seguro. Poco falta, hemos abierto las puertas del averno y sellado nuestro fatal destino.

Nos puede la soberbia, así hemos ido creando realidades impostadas e imponiendo nuevas normas e ideales de comportamiento humano, valores falsos que no conducen sino a una autodestrucción anunciada.

Creamos, mas nuestras creaciones nos superan, no estamos preparados para administrar el poder, tan acostumbrados a ser vasallos de los límites que nos imponemos. Calzamos pequeño y la vida nos viene grande.
Disfrazamos nuestro miedo escénico bajo una capa de necia autosuficiencia, desafiamos a la misma muerte, invencible y paciente dama, sabedora de su eterno poder. Reina a la que nadie quiere rendir pleitesía ni ser súbdito de su reinado.

La vida nos da, y, un buen día, nos lo arrebata. Así es, ni más ni menos. Y sobrevive, con nosotros, a pesar de nosotros y gracias a ella misma.
Mientras la tengamos, disfrutemos; cuando nos la quieran arrebatar, luchemos por sobrevivir.

Queen "Somebody to love" (vídeo musical).

lunes, 3 de septiembre de 2007

"Marino en su carnicería"

Hace unos días escribí unas líneas sobre mi cafetería favorita. Hoy será diferente, no versarán sobre el lugar, lo harán sobre la persona y, a la vez, el excelente profesional que es.
Marino se llama y le podéis encontrar en la calle Alcalá, en la carnicería más coqueta y con más sabor de todo Madrid y “parte del extranjero”. Allí está, siempre tras un níveo delantal que protege una no menos nívea camisa (impecablemente planchada), sobre la que se desliza un pequeño riachuelo de color en forma de corbata negra.
Dibuja sobre su rostro una cálida sonrisa, acompañada de un cordial y cercano saludo. Y sobre el techo de su cabeza como él bien dice bromeando: “ni un pelo de tonto”.

Recién habíamos estrenado el año 99 y ocho meses habían transcurrido desde mi llegada a la capital. Eran casi las ocho de la tarde de un día de abril, hora de cierre; deambulaba sin rumbo fijo, ora me paro aquí, ora me paro allí, mirando sin mirar, haciendo tiempo… Casi al final del cruce (entre Alcalá y Jorge Juan), al pasar por delante de una carnicería, caigo en la cuenta de que necesitaba pertrecharme de víveres. Me detengo y echo un vistazo, casi escudriñando, que una es muy exigente para estas cosas. A simple vista se veía muy limpio, todo; y eso, para mí, es de vital importancia. Decido entrar y allí me quedé hasta hoy.

Maravillada por muchas cosas, no sólo por la carne que es un lujo degustarla, sino por el trato y la gran profesionalidad que ponen de manifiesto día a día, año tras año, Marino y su troupe. Nunca he visto a nadie tratar con tanto mimo y cariño un producto como la carne, más que cortarla se diría que la acaricia. Verle en acción es toda una lección de maestría, seriedad y buen hacer. Que este hombre ama su oficio es algo que no pasa desapercibido, no señor, lo destila por todos sus poros, golpea y sacude. Es sorprendente como algo tan vulgar como un trozo de carne se convierte en algo hermoso y atractivo tras el escaparate de su carnicería. Cada pieza va envuelta bajo una capa de mimo y esmero. Nada se hace porque sí, todo allí dentro recibe un trato especial.

Cuántas veces no nos habremos reído con juegos de palabras como éste:

- Marino, ¿tiene buen hígado hoy?

- María, hoy lo tengo estupendo, el mío y el de la ternera. ¿De cuál le pongo?

- De la ternera, Marino, de la ternera.

Y, acto seguido, unas sonoras carcajadas inundan el local.
Ocho años bromeando con su hígado. Así es Marino, de entre lo bueno del oficio, el mejor, y qué decir de su lado humano… de primera calidad.

A lo largo de nuestra caminata por esta vida nos topamos con personajes de lo más variopinto, de pocas puedo decir que ha sido un honor conocerlas y compartir gajos de mi tiempo con ellas. Marino, ha sido, sigue siendo, un honor conocerle y poder seguir disfrutando de su “exquisito hígado”.
Muchas gracias y muchas veces.

Antonio Flores "Pongamos que hablo de Madrid" (vídeo musical).

sábado, 1 de septiembre de 2007

"Carta a Iria"

"Iria"

Más de dos años han pasado, mucho tiempo, sí; esto se ha convertido en una auténtica cruzada, lástima que no exista Santo Grial que buscar para ser encontrado; es una batalla perdida de antemano, para ambas. Lo sé, ahora lo sé. Tú tardarás algo más, has tapiado mi estancia con ladrillos y cemento, a cal y canto. Pero no hay murallas que no puedan ser derribadas, porque no hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista.

Ninguna de las dos gana en esta contienda, alguna que otra escaramuza, sí, pero qué importancia tienen si son victorias pírricas que han erosionado nuestras almas con despiadados zarpazos, amargas victorias que han engullido lo que ya no se podrá recuperar: el tiempo, nuestro tiempo, el que nos ha tocado vivir y hemos dilapidado gratuitamente tirándolo por el retrete del orgullo y la obstinación.
Tiempo de compartir, de disfrutar, de sonreír, de tocar, y hasta de sufrir y de llorar, claro que sí; pero siempre unidas, como hasta no hace mucho tiempo fue, tú y yo. Fuertes como rocas ante las tormentas de la vida; cuando yo trastabillaba, tú me dabas la mano para evitar que cayese de bruces; yo hacía lo propio cuando eras tú la que flaqueaba. Eras mi refugio cuando fuera arreciaba el viento de la desolación en mi vida; yo, espejo en el que te mirabas, bastión de tus días. Juntas éramos cara y cruz de una misma moneda. Tan distintas, tan iguales.

No hace mucho, un soplo de viento me regaló un susurro al oído: “oye, que voy en serio”. Y sí, es cierto, no mentía, la vida va en serio. Pero ha sido necesario que valorara la muerte en toda su dimensión para llegar a amarla, a mi vida, esta vida que es tan, tan, tan… ¡corta!
¿Por qué este dispendio en enfrentamientos absurdos que conducen a ninguna parte, a un callejón sin salida?
Racimos de dolor y tristeza pare la tierra. Y, ahora, ya casi ni eso… se torna árida; exangüe a causa de los profundos arañazos que la atraviesan, agoniza, sueña con aquellas lágrimas salvadoras que mantenían húmedo su corazón, ahora mendigo de latidos.

No sé dónde has enterrado nuestras conversaciones, nuestros momentos, nuestra amistad; quiero pensar que no han sucumbido en el abismo de tu desmemoria, sino que, de momento, reposan y envejecen como los buenos vinos, para tornarse sabios y cálidos a tu paladar y a tu corazón. El día que decidas descorchar la botella mi voz será escuchada desde lo más profundo de tu ser, volverás el rostro hacia mí, y ahí estaré, esperando encontrarme contigo, con esa mirada que ahora me niegas, pero que sigue iluminando tu ausencia, nunca ha dejado de hacerlo. Esa es mi fe, la que impide que me hunda en el lodo de la desesperación arrastrada hacia los abismos de la oscuridad.

Nacemos para morir, eso es incuestionable. Así se puede resumir nuestra existencia. El tramo que media entre ambos puntos lo aderezamos con nuestras decisiones, acertadas o erróneas, pero nuestras al fin y al cabo. No esperemos a que sea demasiado tarde, que ya no haya remedio ni tiempo para enmendar, sería terrible, la peor de las penitencias que la vida y la eternidad nos podrían imponer.
¿Por qué perder el tiempo tan neciamente?

Reflexionemos, aparquemos nuestros orgullos y desnudemos nuestras almas de rencor y resentimiento, tan solo así naceremos de nuevo, la una para la otra, como pronto hará 27 años que sucedió, que nacimos las dos, tú a esta vida, yo a la que me ha conducido hasta aquí, cargada de errores pero también de algún que otro acierto, y desde la que me asomo para pronunciar tu nombre, una vez más, en silencio: Iria.

No permitas que el olvido se convierta en tu paladín, lengua de polvo que todo lo pudre y destruye y deja a su paso los recuerdos llenos de cadáveres.

Si me dijeras pide un deseo, no te pediría un rabo de nube, no; mi deseo sería escuchar una palabra, sólo una: “mamá”.

Feliz 27 cumpleaños. Mi regalo, tu canción favorita.

Take That "Back for good" (vídeo musical).

jueves, 30 de agosto de 2007

"Septiembre"

El ritmo se instala de nuevo en la ciudad, en el barrio; todo lo que había estado inanimado durante agosto va recuperando su pulso diario. Las vacaciones finalizan, el calor da sus últimos coletazos, las fiestas que se celebran ya son de despedida y la gente regresa a sus lugares de origen cargada de maletas, algunos kilos de más, un extra de recuerdos, de experiencias y pellizcos en el corazón de algún que otro nuevo amor o desamor... Otro verano que se va, otro año que ha comenzado su descenso para llegar a destino, donde pasará el testigo al nuevo que ya está ahí, agazapado, a la espera de que su turno llegue para hacerse un hueco en la historia.
¿Qué traerá consigo? Cuando nos toque turno, ya lo mascaremos. Es como estar en la cola del súper, esperando que corran los números hasta que aparezca el tuyo dentro de esa indiferente cajita digital, con sus puntitos de color rojo o verde, todos programados para que dibujen cifras, obedientes y sumisos, ellos.

Septiembre llama a la puerta. Faltan horas para que entre y deposite su equipaje. Un buen recibimiento: “Bienvenido, don Septiembre, ya estaba usted tardando… pase y póngase cómodo en su trono, reinará, un año más, durante treinta días.” Y… bueno, es por mí el mes del año más codiciado, y su llegada deseada, sí. Como el mesías de los meses. Es inevitable no hacer alguna vez o muchas algún tipo de concesión, que para algo están las debilidades humanas, para hacer mal uso de ellas.
Su reinado es “cuasi” taumatúrgico. Las ganas de hacer y de emprender nuevos proyectos brotan frescas, arrolladoras, como los manantiales cuando rompen la tierra y manan salvajes abriéndose paso, despejando incertidumbres y días opacos agostados por la luz cegadora de una canícula tirana.

No sé si este ferviente deseo de que llegue septiembre viene dado porque agosto provoca en mí un sentimiento de total rechazo, desidia e inactividad impuestas por el terrible calor, o, tal vez sea, porque yo he nacido en él, en el día que tiene lugar el equinoccio de otoño, no lo sé; o porque ocupa el noveno lugar entre los doce, y el nueve es uno de mis números favoritos. Pero, por ende, marzo, mayo y junio también lo serían… y no lo son.

No... es algo más. Septiembre abre las puertas al otoño, mi estación predilecta. El otoño es una estación productiva; invita, más bien te empuja, a hacer cosas. Viene cargado de ilusiones y nuevos proyectos. El año debería terminar el treinta y uno de agosto y comenzar el uno de septiembre, sí, creo que debería ser así. Todos esos buenos propósitos de los que nos pertrechamos a lo largo del año para pronunciar con solemnidad (y con la silenciosa seguridad de que se quedarán en eso) el último día de diciembre y en cada uno de los doce mordiscos que damos a las uvas, seguro que alguno que otro traspasaría el umbral de la realidad si el año nuevo comenzase en septiembre.

Septiembre huele a tiza y encerado; a la inefable goma de borrar “MILAN”; a madera y grafito de lápices esperando morir sobre el papel; a imprenta y tinta que inundan nuestra pituitaria cuando abrimos los libros, acercamos curiosa la nariz y dejamos que las páginas, corriendo traviesas bajo nuestros dedos, nos aguijoneen con su inconfundible olor "a nuevo"; a cuadernos con inquietas hojas blancas y en blanco, ansiosas por ser impregnadas de nuevos colores, nuevas sensaciones; a pegamento, incitador pegamento (“Imedio” o “Supergen”), daba igual la marca, lo de más era aquel olor que te seducía. Cierro los ojos, lo evoco y ahí está… el puñetero. Recuerdos deliciosos e ingredientes imprescindibles que acompañaban la vuelta a clase; a un nuevo curso, nuevas materias, nuevos conocimientos por adquirir y, a tu lado, compartiendo pupitre los mismos compañeros o casi los mismos. Profesores recién llegados; otros, viejos conocidos de años anteriores. Nuevos y viejos amores; nuevos y viejos sueños; nuevas realidades descubiertas, adolescencias que desbancan infancias...

Es el mes de novedades nostálgicas, de tardes tranquilas a la orilla de una taza de café, de baños templados de luz otoñal, de horas ocultas bajo las hojas que se desprenden de los árboles, de lecturas robadas al tiempo, de cálidos colores que se mastican, de voluptuosas texturas… eso es Septiembre, tiempo de golosas sensaciones, tiempo de redecorar el ático de tu vida.

Audrey Hepburn "Moon River" (vídeo musical).

domingo, 26 de agosto de 2007

"Para abrir boca, su sexo"


Dejaron de bailar y se dirigieron hacia la mesa, decidieron que ya era hora de marcharse. Él la invitó a su casa y ella aceptó, los dos sabían lo que querían. Bajaron en ascensor hasta el parking y subieron al coche. Puso el seguro a las puertas, mas no arrancó el motor; se giró hacia ella y la besó con deseo y pasión. Enterró su mano izquierda en el escote de su vestido y acarició sus pechos, ella cerró los ojos y dejó que el placer navegase a través de sus sentidos. Volvió en sí y le buscó con la mirada, agarró su camisa y tiró de ella hasta dejarla totalmente fuera, sus ansiosas manos buscaron el contacto de su piel y bajaron hacia su cinturón, lo aflojaron, desbrocharon el pantalón y se introdujeron en el ardor y firmeza de su sexo. Su miembro, completamente erecto, mostraba una gran excitación y ella sintió como la humedad de su sexo empapaba sus ingles.

-¿Qué te parece si nos vamos?, o acabaremos follando aquí mismo.

-Aquí no, mejor que no.

Arrancó el coche y salieron del parking camino de su casa. Una vez allí, y sin mediar palabra entre ambos, se encaminaron directamente hacia el dormitorio. Se desnudaron y acariciaron sus cuerpos con incontenida excitación. Él, recorrió sus labios con dedos ávidos que se introdujeron dentro de una cálida boca; ella los rodeó y succionó con la lengua. Acercó él su boca, sus lenguas se encontraron, se acariciaron y se enzarzaron en un húmedo juego; recorriendo cada uno el paladar del otro. Sus salivas se confundieron y por las comisuras de sus bocas se deslizaban como pequeños riachuelos. Sedientos de placer se bebieron el uno al otro, el fuego que los devoraba se alimentaba de su deseo.

Se apartó de ella, la tendió encima de la cama, y con la humedad de su lengua perfiló el contorno de su cuerpo. Acarició y estrujó sus pechos, humedeció con saliva sus pezones y los succionó suavemente a la vez que sus dedos se paseaban por el húmedo y caliente sexo de ella, que se convulsionaba de placer. Dos manos inquietas se deslizaron por toda su geografía masculina; irguió su cuerpo sobre la cama y acercó la boca al miembro de él, lo lamió con dulzura; sus ardientes labios enjugados en saliva envolvieron el glande con suma delicadeza, a la vez que su traviesa lengua lo rodeaba en círculos, lo succionaba para luego rodearlo de nuevo; tímidos mordiscos pellizcaban su carne provocando un rabioso y lacerante placer. Todo él se escondía dentro de aquella húmeda gruta, hasta la garganta pudo sentir su contacto y calor. Todo allí dentro era presencia.

Una placentera firmeza y sumisión derrotaba su pelvis, traspasaba fronteras, ascendía por la médula espinal y se depositaba bajo la nuca donde inyectaba rabiosa todo su veneno. Disfrutaba sintiéndose aprisionado entre lo dedos de la mano de ella, que al son de un ritmo silencioso comenzaban a danzar resbalando sobre un fluido salobre que se deslizaba sobre ellos. Saliva, fluidos, sudor, todo se confundía en elixir de sabores, de olores; salvaje y cruel pócima que trastorna y doblega sin compasión. Cables de acero semejaban sus músculos, una irrefrenable tensión sexual recorría su fibra cual descarga eléctrica. La sangre, tal parecía que se había concentrado en un solo punto, su miembro; allí pugnaba con furiosa violencia por expandirse.

Él, sintiendo cercana la eyaculación, se tumbó boca arriba, la sentó sobre sus caderas y lentamente se introdujo dentro de su hambriento sexo. Una oleada de feroz placer explotó en su interior al sentir como las paredes aterciopeladas de la vagina lo envolvían con una caníbal y sensual firmeza. Gemía ella como una posesa, moviendo rítmicamente sus caderas, al tiempo que sentía sus pechos aprisionados entre sus manos, pellizcados sus pezones por salvajes mordiscos; los dos estaban al borde de un profundo abismo de placer al que no dudarían arrojarse. Un voraz orgasmo engulló sus cuerpos.

Jamie Cullum "What a difference a day made" (vídeo musical).

viernes, 24 de agosto de 2007

"El suicida errante" | {segunda parte}

"El pasadizo"
Pasado el plazo de los siete días que le había dado Sebastián, pasó a recoger el colgante. No cabía duda de que su amigo era el mejor en su oficio, la talla era de una hermosura sin par, perfecta y exquisita. Corrió hacia su casa. Sacó de un estuche tres delicadas tiras de terciopelo con un cierre de plata en sus extremos, las pasó por el colgante y lo contempló extasiado. Satisfecho con el resultado, al mirarlo tuvo la certeza de que estaba hecho únicamente para ella. Lo guardó en una pequeña caja que él mismo había forrado con el terciopelo sobrante, se puso la capa y salió a la calle.

Irene no acudiría esa tarde a la tienda, le había dicho que tenía que ayudar a su madre en las tareas de la casa.“O ahora o nunca”, pensó y se encaminó hacia su casa. No quedaba lejos de allí, media hora de camino le separaban de estar con su amada. Ya ante la puerta agarró el aldabón y golpeó un par de veces, nadie acudió a abrirle. “Qué raro”, pensó, dentro se veía luz y eso significaba que había alguien. “Estarán en el cobertizo y no habrán escuchado la llamada”, Miguel decidió entrar; sus padres le consideraban un miembro más de la familia y desde que se había muerto su madre siempre se habían preocupado por él. Abrió y pasó a la estancia, que estaba en silencio y en orden. Dirigió sus pasos hacia la cocina, allí estaba la puerta que daba paso al cobertizo, se disponía a empujarla cuando oyó un leve y sordo ruido, se quedó quieto y agudizó el oído.

Transcurrieron varios segundos y, de nuevo, el mismo sonido, ahora algo más fuerte; esto le permitió identificar su procedencia: el piso de arriba. Subió las escaleras con cautela, a medida que se acercaba ya lo escuchaba con más nitidez, no estaba seguro pero juraría que alguien lloraba dentro del cuarto de Irene. Tuvo la certeza de que algo extraño estaba sucediendo cuando, frente a la puerta, comprobó que no era llanto sino gemidos lo que estaba escuchando. Algo en su interior le advirtió que no debía traspasar aquel umbral y, como una fatídica premonición, acudieron a su cabeza las palabras de su madre sobre la maldición del colgante. Haciendo caso omiso a su intuición comenzó a girar lentamente el pomo de la puerta, su corazón golpeaba tan fuerte que podía tocar sus propios latidos. Ya no había marcha atrás, entró en la estancia y ante la visión que allí se le presentaba quiso morir. Deseó que el mundo se abriese bajo sus pies y lo tragase.

Irene, sobre la cama y de espaldas a la puerta, gemía y se retorcía de placer, cabalgaba desenfrenada sobre quien le estaba haciendo el amor. Irene, su Irene… no podía dar crédito a lo que estaban viendo sus ojos; se sentía engañado, humillado y herido. Si hubiesen atravesado su pecho con cien espadas no hubiese sentido tanto dolor como el que ahora estaba carcomiendo sus entrañas. Sentía que se desmoronaba por dentro, su corazón se había roto en mil añicos. Desencajado el rostro por el dolor, palideció de celos y enloqueció. Inconscientemente echó mano a su navaja, aquella navaja que había utilizado tantas veces para pelar castañas se iba a convertir ahora en instrumento de la muerte. Lentamente se acercó a ellos, desde donde estaba ya podía ver la cara del otro, “¡Dios mío!”, pensó al reconocerle.
¡Era su amigo Sebastián!, el orfebre.

Ahora todo cobraba sentido. Irene se acostaba con un hombre casado y padre de dos hijos, por eso no podían hacer pública su relación, por eso ella insistía tanto y tanto en que no quería novio formal, por eso le había mentido tantas y tantas veces cuando como hoy le había dicho que no podía ir a su tienda. Agarró fuertemente la navaja y la abrió. Sebastián advirtió su presencia y sobresaltado se irguió sobre la cama, su rostro estaba lívido y el cuerpo inmovilizado por el terror. Irene volvió la cabeza y se llevó las manos a la boca para ahogar el alarido que acaba de proferir. Sin mediar palabra, Miguel se abalanzó sobre Sebastián y lo apuñaló en el pecho hasta matarle, doce veces, doce mortales puñaladas. Irene, dominada por el pánico e incapaz de moverse, siguió los pasos de su amante, de su corazón manaba un riachuelo de sangre, allí había enterrado Miguel a la muerte; su mirada, ahora fría y ausente de vida, reflejaba un terror indescriptible.

Ciego de dolor ante el cadáver de Irene, volvió la navaja hacia su cuerpo y con las pocas fuerzas que le quedaban la hundió en su vientre. Se dejó caer al lado de su amada y antes de morir acercó la boca a sus fríos labios para besarlos por primera y última vez. Cuenta la leyenda que el alma de Miguel, el suicida, está condenada a vagar errante eternamente para expiar su culpa. La tienda está maldita y todo lo que ella contiene mientras él habite allí. Redimirá su pecado y alcanzará la paz para su alma cuando consiga que el colgante, a través del amor verdadero, regrese de nuevo a la familia.

Carlos Núñez "Home da terra" (vídeo musical).