viernes, 5 de octubre de 2007

"El espía"

"Visión forjada"

Se dio cuenta de que estaba enamorado de ella cuando, por primera vez en seis meses, no acudió a su cita semanal. Era viernes, a punto de concluir su jornada laboral, y ella no había aparecido. Cerró por un momento los ojos y la trajo consigo, tal y como la recordaba. Llegaba siempre con mucha prisa, elegía las flores sin vacilar, siempre diferentes, pagaba y se iba como había entrado, como una exhalación. Al principio le pareció un tanto petulante, pues apenas atendía sugerencias, en realidad no escuchaba; con el tiempo se acostumbró a sus maneras, llegando incluso a despertar cierta simpatía e inusitada atracción en él.

¿Regresaría a la semana siguiente?, ¿se habría mudado de ciudad?, ¿habría cambiado de floristería?, un rosario de preguntas se agolpaban en su cabeza queriendo encontrar respuesta, mas el silencio fue todo lo que pudo devolverles, de momento.

Y llegó el turno del siguiente viernes, y tampoco apareció. Cuanto más espacio devoraba su ausencia, más se instalaba la nostalgia y la tristeza en su corazón, la echaba de menos, sí. Anhelaba su presencia, que, aunque breve, era tan intensa que arrasaba todo a su paso. Era un vendaval, y él junco que se mecía en sus remolinos.

Descorazonado, un viernes más, cerró la verja de la tienda y, sin rumbo fijo, dejó que sus pies le condujesen calle abajo. La noche se estrenaba y el trasiego de gente se intensificaba en algunas zonas, como bares y restaurantes. Comenzaba el fin de semana y con él venían de la mano, en un gran manojo, horas cargadas de intensas sensaciones, placeres y goces.

Estaba a punto de cruzar en un semáforo cuando, de repente, la vio. Era ella, no había ninguna duda. Caminaba delante de él, a escasos metros. Casi podía tocarla, cual flor silvestre, cercana pero inalcanzable, porque así la veía, indómita e inaccesible. No pudo reprimir una placentera punzada de regocijo al comprobar que estaba sola.

Se dejó estar a su espalda y siguió sus pasos. Ella continuaba recto, en dirección al mar. De repente, aminoró el paso, giró a la izquierda y se dirigió al encuentro de un joven que la estaba esperando.
Él se detuvo, era preciso guardar una prudente distancia para que no advirtiesen su presencia, si ella le reconocía se abriría el mundo bajo sus pies y se hundiría en el abismo de la vergüenza.

Se fundieron en un cálido y sensual abrazo, la boca de él fue en busca de la de ella, se encontraron y allí se perdieron ambos, entre salobres fluidos y placeres en busca de ser saciados. La envidia o los celos, desplegando su fétido aroma, le incitaron a que fuese zarza que ahoga hermosas flores con sus espinas. Se dejó estar, su papel era de espectador, no de protagonista.
Por cada mirada que ella le dedicaba a él, por cada intercambio de caricias, en su interior se iba enredando una oscura y retorcida pasión, inyectada de veneno.

La madrugada comenzó a salpicar el lienzo de la cúpula celestial, puntual mensajera del nuevo día que estaba por llegar. Era hora de regresar a casa, la nostalgia cedía el paso a la esperanza, había descubierto el jardín de sus días y sus noches, su hogar.
Ya no era necesario que ella fuese a buscar los ramos a su tienda, él se los dejaría a la puerta de su casa. Puntual, cada viernes, como siempre había venido siendo hasta no hace mucho. Si lograba despertar su atención, tal vez se fijase en él, tal vez podría llegar a…, oh… si eso llegase a ocurrir, sería el hombre más feliz sobre la faz de una fértil tierra.
Y la semana transcurrió insólitamente lenta, se aferraba a los días cual hiedra a la pared para subsistir.

Y llegó el día esperado. Preparó con mimo y esmero un ramo especial, de los que sabía a ella le fascinaban. Ufano y satisfecho ante la visión de su obra, ahora tan solo restaba entregarlo. Veinte minutos de camino, tiempo necesario para que ahora se hallase frente a la puerta de su casa. Dudó unos instantes antes de pulsar el timbre. Se decidió. Ya no había marcha atrás. Al cabo de unos segundos oyó su voz a través del interfono. Preguntaba quién era. Él le respondió que traía unas flores y que se las dejaba en…, no pudo finalizar la frase; ella le interrumpió a bocajarro preguntando: “¿Es mi ramo de novia…?”
Un débil “Sí” se proyectó hacia el exterior sin pedir permiso, y a continuación oyó un clic en el portón de entrada. Le había abierto desde dentro. Le estaba invitando a pasar, a entrar en su vida, en su casa, en su espacio.

Se decidió a traspasar la frontera, cerró la puerta tras de sí y caminó lenta y pesadamente hacia la entrada de la casa. Un frondoso y cuidado jardín la circundaba, y hasta él llegó un tímido y dulzón aroma de jazmín, aspiró profundo y se deleitó en sus notas.

El lazo de esparto que anudaba el ramo ya no ocupaba su lugar, ahora se enredaba sibilino entre los dedos de una de sus manos cual mortal trepadora ansiosa por enroscarse en el sol con las hojas.
A la derecha un anciano y solmene olivo protegía con su mayestática presencia el acceso al porche de la casa. Impresionado por su belleza giró la cabeza para admirarlo a su paso. Entonces algo sucedió, algo petrificó sus pies al suelo impidiéndole proseguir su camino, como si de repente ambos hubiesen echado profundas raíces bajo la tierra. Apenas tuvo tiempo de ver cómo el tronco del árbol se abría en dos gruesas compuertas ante su incrédula mirada, un fuerte empujón lo dirigió con acertada puntería hacia aquella oscura y profunda garganta que se había manifestado ante sus ojos. Fue engullido sin ninguna compasión ni remordimiento. Y así como el tronco se abrió, de la misma manera se cerró, imperceptible.

Ella salió al jardín para recibir al mensajero y recoger su ramo de novia, mas lo único que halló fue uno de sus ramos favoritos a los pies del viejo olivo. Lo recogió, ladeó la cabeza y, frunciendo el ceño, le dirigió una miraba que se paseaba entre la extrañeza y el desconcierto; aquel ramo, desde luego, no era el de novia, sino uno de sus ramos de los viernes. ¡Estos mensajeros, siempre con prisas!, se quejó en voz alta.

Antes de entrar, pasó la mano a modo de sutil caricia por el tronco de su viejo amigo. Las ramas se mecieron y al rozarse entre ellas emitieron un débil susurro de felicidad.

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